9.10.11

qué insoportable se hace la existencia, en sinco episodios


Episodio uno. Atardecer.

Esa tarde era como estar en un sueño. Di la media vuelta y esperaba despertar de esa mala pesadilla. Intenté abrir los ojos y salir del país de Morfeo... Imposible. Yo tenía un examen oral, y todo eso estaba pasando. ¿Qué se puede hacer cuando ya todo está perdido? Continuar con la marea. Dejarse arrastrar. Llorar hasta desaparecer.

Ya en clase hablamos de esa novela donde sólo hay destrucción, esnobismo y decadencia. Sol en mi cara. Términos médicos, las chabolas, las prostitutas, los cafés... Y llegó el atardecer. El salón se oscureció. Quedamos a media luz y nadie hizo nada por cambiarlo. Todo el ambiente se convirtió en parte de mi sueño, de mi aparente resfrío...


Episodio dos. Mañana de burritos.

Un nuevo día. Frío, agradable. Yo: misma ropa del día anterior. Alarma de mensaje. Expectativa. Nada. Amiga de maestría avisando su inasistencia... Hueco en el estómago... Encendido del carro, Joy Division de fondo. Llegada a la escuela. Ver hora. Mensaje sin leer. Él. Marejada de jugos gástricos. Agua salada en los párpados. "Buenos días muy estimados compañeros". Relación: yo - computadora. Pensamientos. La constante: él. Visita al baño y el mar adentro. Tic tic tic tic. Enviar. Más clase. Mirar el celular. Dos horas después estábamos en los burritos. José José se hace presente y cantamos a viva voz. Observamos a un hombre que come solo. "Ya dejó a la mujer esperando los burritos en la casa" dijo una. Yo pienso que tal vez ni siquiera mujer tiene, y por eso come solo. "Qué bien que estamos juntas, como dice Brenda, qué bonito momento". Pero no, ya no lo digo yo. He perdido mi identidad, al menos la mitad. Yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa. Manejo por calles atascadas de carros. Parece que hay una carrera. Mirar el celular. Joy division se hace insoportable y me llena una descarga de ansiedad. Ahora voy a la escuela. Llego tarde a clase pero qué importa, siempre lo hago, con la misma ropa de ayer. Mirar el celular. En el receso, petisa me ofrece su hombro y yo lo acepto. Nuevamente a clase. Leemos un cuento sobre una anciana y sus divagaciones. Cómo un hombre la dejó plantada. Cómo va a morir. Pienso en mi abuela. Quedó inconcluso... Quiero ir a casa, no sin antes volver a mirar el celular...


Episodio tres. Noche surreal.

Podría describir mi circunstancia poéticamente. Podría embellecer mi tristeza, revolcarme plácidamente en mi inmundicia terrenal, pero no, no hay emoción, sólo la emoción de la sinemoción. Nihilismo. ¿El lenguaje puede ser nihilista? Nah, mecadas, digo yo. Una palabra se convierte en nada sólo al repetirla muchas veces. Muchas muchas muchas muchas muchas muchas muchas muchas... Hay ocasiones en que sientes que no haces las cosas que deberías, que no tienes "deja vu" porque vas por un camino que no es el correcto. Que la vida no se siente como vida porque uno se encuentra inmerso en un sueño. Algo real-maravilloso, en el sentido conceptual del término, porque esto no tiene nada de real y mucho menos de maravilloso. La insoportable irrealidad del no-ser. Así fue esa noche, la noche surreal. Mis manos no son mías ya, se han quedado con la sensación de Morfeo, el volante es una materia extraña, sé que está ahí porque lo veo pero no lo siento. Mis manos flotan, intentan tocar algo pero no pueden. Tal vez soy yo la que no existe. Ya no sé si voy sentada o si floto. Si me he convertido en parte del asiento del auto rojo. Ya no sé...

Entramos al lugar más irreal del mundo, iluminado con luces rojas de neón. Ya antes había estado ahí, muchas otras veces, pero no como estoy ahora. Es extraño, eran aguas distintas del mismo río. Ahí estaban los amigos y las caguamas (dije caguamas? perdón, caguamones) y yo sin ganas de pistear. ¿Qué más podía hacer? Saqué veinte pesos, los cambié por moneditas y a poner canciones. Mis amigos intuyeron mis ánimos e intercalaron sus canciones con las mías.

Al principio todo fue un viaje bien pirata: "y no sabemos ni nuestros nombres, no ignoramos nuestros excesos...", La Barranca, Gustavo Cerati, tainted love y chalalá. Luego llegó Juan Gabriel y el José José de cajón para estas circunstancias. Todo estaba bien, "qué triste fue decirnos adiós, cuando nos adorábamos más". Todo bien, canciones que uno conoce y las canta de cotorreo. El problema fue con Bob Dylan. La desgracia se hizo insoportable y la tumba de sal que era volvióse añicos: (oh, mama, can this really be the end?) Intenté estar bien. Es imposible.

Invariablemente no puedo dejar de pensar en Leo Dan y su "como te extraño...", en José José y su nave del olvido que no ha zarpado, y las manos donde todavía quedan primaveras para compartir. Casualmente es trending topic en tuiter. No puedo dejar de pensar en muchas cosas, más que intentar pensar si lo hice mal, si algo hice mal, pero no, no fue eso, no fue algo que haya estado mal... Sólo me queda ese vacío de las cosas que se han quedado sin hacer. Las películas que no vimos, las caricias que no nos dimos, los abrazos que me faltan, las fotografías que jamás existirán, los viajes irrealizados, los planes que no serán, las canciones que no bailamos, los aracles que no ejecutamos, las historias antes de dormir que no le conté, las cosas que no le regalé, los paseos que no daremos, las letras que no le dediqué y hasta las peleas que no tuvimos... Los viajes que juntos hacíamos en su habitación, cuando él y yo éramos yo-y-él... Y después podía dormir a su lado... ¿Por qué el amor no puede ser suficiente? ¿No debería estar mejor ahora? El tiempo juntos no fue suficiente porque sólo para amarle necesitaba la vida. Parece que alguien me estuviera practicando una resucitación cardiopulmonar cada vez que lo recuerdo. Joy Division no tiene gracia así. Bob Dylan me quiebra las piernas. Esa noche nadie puso canciones de Café Tacuba, que si no me hubieran estallado las vísceras. "Brenda, vas lenta pisteando.", "Oh, bueno! Tal vez no quiero pistear, tal vez sólo quiero taladrarme el cerebro. ¿Me permiten? Voy al baño a sacarme los ojos. Perdón, secármelos..."

Y en la noche nada tiene sentido, las conversaciones son vacías, los tragos son desechables, ni siquiera llega al corazón la canción de "quiero caminar por encima de tu pelo", porque no puedo llegar al ombligo de tu oreja ni darte un beso de desayuno. Lo único que quiero es comer frijoles y vomitarlos más tarde... Y con un hilo de esperanza, de esos que no me gustan, miro el celular una última vez.


Episodio cuatro. La Virgen de Guadalupe y otras historias.

A la mañana todo se ve diferente. Esta vida sigue siendo un sueño, pero poco a poco se va acercando a la realidad. A una extraña realidad hipersensible donde cada objeto altera los sentidos según su propia naturaleza. Los peluches se convierten en una solitaria compañía, dulce pero solitaria. Los perros adquieren una singular belleza, completamente acariciables, mordibles y casi hasta besables. El perro que se asoma por tu ventana comprende tu tristeza y te mira con esos extraños ojos, el semblante que a veces adquieren los caninos, haciéndolos tan melancólicos.

Entonces uno se decide a dar un paseo con los padres. Ir por la abuela y demás. Sé que se aproxima un largo episodio de malegría. La entrada al lugar está custodiada por la virgen de Guadalupe, que no me mira, sólo observa al piso como sintiendo vergüenza... es que ayer la vi tomada del brazo de un alcohólico... Y por ahí entramos al lugar que huele a leche podrida: la ancianidad en su amplia expresión. Todos ellos, abandonados, con la piel arenosa, el desayuno embarrado en la cara. No sé cómo, pero aguanto las ganas de llorar. El jardin afuera es bello, con algo de melancolía que lo hace bello. Aquí dentro todo es grotesco. Mi abuela no está entre los ancianos. Está en el patio. Sí, así tenía que ser ella, siempre le gustaron las plantas, ella olía a geranios. La veo, le sonrío, la saludo, la llamo por su nombre. Parece que me reconoce. Tomo su mano y de pronto recordé que ya tenía meses sin tomar su mano. Esa mano de cloro y detergente que siempre me gustaba explorar. Tenía pétalos de rosa en las manos. Siempre me gustaron, me decía: mis manos eran como las tuyas, tenía los dedos muy delgados, y también manchas rojas, pero no me gustan, nunca me gustaron. Le robé sus manos, por eso me regaló ese anillo de aguamarina (en tu cara, pinche prima gorda). Después llevé su mano a mi brazo y la saqué de ese lugar, entre las sonrisas condescendientes de sus compañeros de celda. Pese a la decrepitud, todos parecen estar más cuerdos que ella.

Fuimos a dar un paseo al centro comercial. Fue en su silenciosa compañía donde encontré el consuelo que sólo un regazo de abuela puede dar cuando eres niño. Compartimos jugo y quesitos, sonrisas melancólicas y sonrisas de verdadera alegría. Me gusta ladrarle tiernamente cerca de su oído. Me gusta ver las arrugas que se le hacen en los ojos cuando sonríe. Me gusta que a veces ve cosas que yo no veo, como cambios de color en el mosaico del piso, tomas de agua para los bomberos, colores y objetos extraños. Pese a todas las desgracias, a veces me gusta mi abuela... Lo triste es cuando llegamos a la casa y ya no somos sólo ella y yo, sino también los demás. Qué horror. Los demás no comprenden nuestro mundo. Le dije: "regreso al ratito". Mentirosa, la dejé sola hasta que fue hora de irnos. "Ya vámonos abuela", "¿por qué no viniste? a dónde fuiste?" Primeras palabras que dice comprensibles y me rompen el corazón. Qué egoísta he sido. No pensé que mi presencia fuera un alivio para su ancianidad, que le regresaran un momento la memoria y la razón. Tomé nuevamente su mano. Hace tanto tiempo que no la tomaba. Ah, esa mano de talco y sal, esa mano de áspera dulzura... La mano de una Guadalupe comida por cisticercos...

Cuando la dejé de nuevo en aquel lugar, el de la virgen, una mujer la abrazó. Fue tan triste ver su pequeña figura envuelta en un suéter turquesa sintiendo esa muestra de afecto. Nadie en la casa lo hace. Por eso está mejor entre la decrepitud, es mejor de lo que podría darle su propia familia. Tuve que tragarme el llanto, tuve que dejar de ver, tuve que dejar de sentir, darme media vuelta sin decirle adiós. Perdón, abuela. Qué egoísta he sido...


Episodio sinco. Fin.

Qué triste es la tristeza.
Me voy a volver loca.
Tal vez en unos días más ya no esté consciente de si estoy loca o no, y esa será la verdadera locura.

Qué insoportable se hace la existencia.

2 comentarios:

Yo (de nuevo) dijo...

Uno, dos y tres... el pathos sobre uno y que se puede hacer. No puedo dar consuelo, no se si es real. De hecho poco sé. Tal vez leer sea un mal substituto de escuchar, pero no de quien tu quisieras ni como lo quisieras. A veces el silencio y las estrellas ayudan.

Nowhere fiery Lupus dijo...

Me gusta como escribís!! Despersonalización? Un espanto, me ha pasado...