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9.11.12

Canciones de Luis Miguel para Memo y Gaby

Hola otra vez! Fíjense, queridísimos lectores no habituales, que tengo varias semanas escribiendo un chingo. Me da mucha alegría. Llevo algunos escritos publicados en el periódico, cuentos arreglados y demás. No sé a qué se deba, tal vez a partir de mi regreso de Tijuana y mi convivencia con ciertas personitas que escriben y me motivan a hacerlo también :)
En fin, aprovechando que en mi blog tengo algunos cuentos y demás, pues los estoy reeditando y dándoles una nueva dimensión. Ahora le tocó a una historia que hace muchos años, (en el 2009, para ser precisa) le escribí a una amiga del De Efe, que estaba batallando con esas cuestiones de pareja y embarazos no planeados que tanto agobian a las personas actualmente. Se llamaba algo así, canciones de Luis Miguel para Raúl y Gaby (le cambié el nombre sólo a él, para que no hubiera ofensas) pero ahora, la historia quedó tan medianamente bonita (no es humildad simulada, es que tengo que hacerle unas cuantas ediciones) que he decidido compartirla. El día de ayer, jueves 08 de noviembre, tuve mi última mesa de lectura en la facultad, y con una ronquera eterna, presenté el cuento que ahora les comparto, espero puedan disfrutarlo.

Aquí está la entrada original:

http://pollitoaventuras.blogspot.mx/2009/02/luis-miguel-y-sus-rolas-con-historias.html


Y acá, les dejo el cuento :)

Canciones de Luis Miguel para Memo y Gaby.

Gabriela y Memo se han jurado amor eterno. Como si fueran argumento de una cursi novela rosa, mezclada con un cuento adolescente de José Agustín, saltaron la reja del Espacio Escultórico en Ciudad Universitaria. Eran las dos de la madrugada, y frente al esmog, las estrellas mercuriales y el océano de roca volcánica, sellaron su pacto infinito. Se sintieron granos de arena, estrellas de galaxias remotas, el Distrito Federal. Se habían sacado la lotería y el premio fue la Juventud, Divino Tesoro.

Viviendo esas circunstancias, hasta lo eterno parece pequeño. A veces olvidamos que somos seres finitos y poco sabemos de la eternidad. Para nosotros, lo perpetuo es la fila del banco en día de pago, un viaje en carretera, morir quemados. El mismo Dios cristiano ignora la infinitud.

Para Gabriela y Memo, el amor infinito les hubiera durado un año, tal vez dos. Aunque las cuestiones de elasticidad temporal, influidas por el vientre comprometido de ella, provocaron que su película romántica tuviera continuación.

Memo estaba fascinado. Quién iba a pensar que aquello, que generalmente terminaba en el papel sanitario, iba a producir un nuevo ser: su hijo... Qué extraña palabra, "hijo". ¿Qué se sentiría tener uno, cargarlo, abrazarlo, dormirlo? Gabriela, por otro lado, cargaba con sus propias transformaciones: cuestiones hormonales que luego se volvían emocionales, náuseas que terminaban en vómitos, antojos en kilos de más. Guillermo bien podía pasar el embarazo desentrañando el milagro de la vida, pero el cuerpo de ella pagaba todas las consecuencias del producto: pies inflamados, estrías, caída de cabello, dolores de espalda, aumento de peso, ganas constantes de orinar, los padres enojados, los problemas que no la dejan dormir, la almohada llena de lágrimas, el rostro demacrado...

Con el nacimiento del niño los problemas se incrementarían, porque hasta el impacto de sentirse siembra provechosa se desvanece con el invierno. La responsabilidad por el cuidado de otra vida, implica, muchas veces, el abandono de la propia. Al menos esto ocurrió con Gabriela. Su situación poco a poco estuvo transformada en una tragedia telenovelesca. Por un lado, los padres, por el otro, sus niños: Raúl y Guillermo. El primero, con exigencias propias de los recién nacidos; el segundo, negándose a dejar la vida juvenil.

Cuando no estaba cuidando a Raúl, Gabriela se la pasaba maquinando decepciones. "Esto ya está valiendo madre, no sé ni qué hacer con Memo... Podría intentar sacar adelante a mi hijo yo sola, como muchas mujeres, no sería la única... O podría esperar a que cambie, tal vez cambie por mí, tal vez si me tranquilizo y espero, se dé cuenta que soy como la de la canción de Luis Miguel, la incondicional, la que no espera nada... La que no supo amar... Y tal vez quiera estar ahora sí con nosotros."

Pero las mujeres, bipolares por naturaleza, poco pueden hacer en la eterna lucha entre razón y corazón. Las vísceras le ganaban. "¡Dejaré pues todo! ¡Nos vamos mijo y yo! No volveré a pedirle una sola cosa, ni su cariño, ni su apoyo, ni nada. ¡No lo necesito! Voy a devolver el refri, la estufa que saqué en abonos, no volveré a permitir que me ignore como lo hace hasta hoy. Ya no voy a aguantar sus vicios, sus descuidos... Y si prefiere a sus amigos, ¡pues que se haga joto!

Sus manos se transformaban en embudos de tornado que arrasaban los cajones. Saciaba sus necesidades histriónicas durante algunos minutos, y luego, con una voluntad arrepentida, se sentaba a llorar.

"Es que Memo es el padre de mi hijo. Nos une algo importante. Y a pesar de todo, lo quiero. Tal vez espero demasiado de él. Desde que lo conozco, siempre ha sido así: irresponsable. No puedo hacerlo cambiar."

Una noche tuvieron una fuerte pelea porque él quería conseguir trabajo nocturno, pero Gabriela le reclamó que de seguro lo hacía para no llegar a la casa y evitar responsabilidades importantes, como ir a registrar al niño. "Que lo hagan tus papás, son los que más chingan con eso". Gabriela tenía un corazón de granada, y Guillermo acababa de quitar el seguro. En los siguientes minutos, se dijeron todo lo que tenían que decirse. El amor eterno, había llegado a su fin.

Y es entonces, en la desoladora visión del final cuando ya todo está perdido, que la calma regresa otra vez. "Gabriela... ¿Qué vamos a hacer? Ya ni siquiera podemos estar juntos".

Memo comenzó a guardar su ropa en una bolsa, listo para marcharse. Gabriela lo detuvo, le dijo: "Memo, no te vayas esta noche, es muy tarde y no llevas suficiente dinero".

Él no sabía si quedarse o largarse de una vez. En momentos donde no se puede hacer una elección y sólo existen dos alternativas, lo mejor es dejarlo al azar del lanzamiento de una moneda. Decidieron la suerte: si caía sello, se quedaba, si caía águila, se iba, no la atraparían en sus manos, dejarían que cayera al suelo. Por primera vez en mucho tiempo, estaban de acuerdo en algo.

Y así, la moneda con 11 gramos de masa se elevó en el aire siguiendo una trayectoria de tiro parabólico con inclinación de 37 grados llevando una velocidad constante de .85 m/s, sin resistencia del aire y sujeto a un campo gravitatorio uniforme de 9.81 m/s2 de caída libre, chocando contra el suelo a una fuerza de 107.91 Newton...

Sin embargo, el choque se produjo con la orilla del canto lo que la hizo rodar en un semi círculo y llevar una trayectoria con dirección a la puerta y luego a la cocina, continuar recargada sobre uno del os bordes de la pared y que más tarde encontraría su camino en la hendidura que dejaba la bisagra de la puerta.

La siguieron hasta la cochera, se sintieron tentados a pisarla para que se detuviera de una vez, pero no lo hicieron, permanecieron fieles a su acuerdo, y la moneda siguió su curso. Adquirió velocidad con la rampa de entrada del auto y siguió hasta la calle donde la perdieron la vista... Ahí continuó un buen rato más su destino, demostrando que aún una moneda, encontrándose dentro de la vida, tiene más de dos alternativas. Y ese extraño misterio de posibilidades cuánticas, ni siquiera la física puede explicarlo.



Fin :)

22.7.10

Samantha

Los dejavu siempre me han impresionado sobremanera. No me siento especial por ello... no. Ya muchas culturas, religiones y hasta directores de Hollywood les han dado su propia interpretación.

Cierta vez un amigo me explicó que en una de esas religiones profesadas al otro lado del mundo, los deja vu son una clara señal de que vas por buen camino, de que estás siguiendo tu destino porque supuestamente, a tu alma antes de partir a la vida, le es mostrada su existencia y por lo tanto, los deja vu no son más que un breve recuerdo de ese destino previsto por tu espíritu.

Mi madre tomó un argumento más científico (gracias a uno de esos programas del Discovery o algo así), y aseguró que los deja vu no son más que recuerdos de nuestros antepasados transmitidos a través de una pesada carga de información genética, o que incluso podrían ser sólo sueños pasados que de pronto asociábamos a las situaciones cotidianas en un afán por recordarlos.

Cualquiera que sea la explicación, los deja vu no dejan de impresionarme sobremanera.

La verdad es que ninguno de ellos fue tan prolongado ni tan intenso como el que percibí con Samantha...

La primera vez que la vi -al menos en esta dimensión- fue cuando teníamos 10 años. Asistíamos al mismo catecismo que se impartía en la pequeña capilla de Santa algo que está a tres calles de mi casa. Ambas nos preparábamos para hacer la Primera Comunión.

Aquel sábado por la tarde nos miramos fijamente. Ambas teníamos rehiletes en los ojos y margaritas en los labios.

No sé quién empezó, si ella o yo. Una dijo: "¿Vas a la misma primaria que yo?" la otra respondió: "No... oye, ¿en qué kinder estuviste? Es que te conozco pero no sé de donde".

El sábado siguiente la sensación persistía, incómoda pero abradable, como orinar detrás de un matorral.

-¿No vives por aquí? -le pregunté.
-No, yo vivo por allá por el Tec de Monterrey.
-¿Entonces por qué vienes a catecismo hasta acá?
-Es que la hija de un amigo de mi papá también viene aquí y quieren que hagamos juntas la primera comunión.
-¿No se llama Nallely o Tania la niña esa? ¿No vive por aquí?
-No, se llama Fulana. Mira, es aquella.
-Ah no, pos quién sabe quién será.

Así eran todos los sábados de catecismo donde, más que hablar de religión, se nos pasaban en quebrarnos la cabeza buscando las posibles coincidencias anteriores de nuestras existencias.

Y de ese modo nos hicimos amigas, de esas amigas de primaria que pasan horas hablando por teléfono, compartiendo mares de imaginación e historias sobre lo que quieres hacer cuando crezcas.

Pasó el catecismo, pasó otro ciclo escolar, y pasadas tantas cosas más me invitó a su fiesta de cumpleaños. A mis padres les rogué toda una sandía para que me dejaran asistir. Al final aceptaron. Tardamos una hora para encontrar la casa pero al fin llegué. Nunca había sido tan dichosa, fue casi tan emocionante como cuando te dejan mojarte bajo la lluvia sin que te reprochen lo sucio que quedarás o la enfermedad que vas a contraer. Era una especie de libertad muchas veces ansiada y finalmente conquistada.

Desafortunadamente, no todo puede ser dicha, todo es perecedero, ya que, desde mi punto de vista, toda circunstancia feliz de nuestra vida tiene más o menos el mismo patrón: una pendiente en dirección positiva, luego la cúspide (que puede ser poco o prolongarse) y finalmente la pendiente en decrecimiento. Digamos entonces que, a partir de esa fiesta, inicié con el desplazamiento en dirección negativa.

Vaya ambiente hostil en el que me encontraba: juegos raros, amigas repugnosas, comida marciana... Hasta ella misma había cambiado. Me fui antes de la reunión, ni siquiera tuve oportunidad de saborear el pastel. Y sin querer, tiempo después, me fui alejando cada vez más de ella... Pero, extrañamente, nuestras existencias coincidirían tres veces más.

El siguiente de nuestros reencuentros fue una tarde, mientras yo caminaba de la secundaria en la que estudiaba al trabajo de mi mamá. La vi con un paquete de tortillas en la mano entrando a una casa que estaba en la ruta que yo seguía día tras día.

-¡Samantha!
-¡Hola Brendita!, ¿cómo estás?
-Pues bieeen, ¿y tú? ¿Qué onda, qué haces aquí?... ¿Te cambiaste de casa?
-No, aquí vive mi abuela... ¿Estás aquí en la 8?
-Sí, ¿y tú a qué secundaria te metiste?
-¡También estoy en esa! ¿Cómo es que no nos hemos visto?
-¿En serio?, ¿en qué salón?
-No pues en el C.
-Órale pues... A ver si un día te paso a saludar. Yo estoy en el F.
-Ándale pues. ¡Nos vemos!

Y en los tres años que duramos en esa institución, pocas veces la llegué a ver. Ella siempre estaba de un lado, yo siempre estaba del otro. Más bien coincidíamos en la casa de su abuela, pero igual nos saludábamos con la amabilidad de quienes comparten una amistad alegre que poco a poco se va deteriorando. De cualquier modo yo comencé a tomar rutas alternas y amistades que nos distanciaron severamente.

El segundo reencuentro carecía de toda la magia de nuestras anteriores coincidencias. Se inscribió en la preparatoria donde un gran porcentaje de población estudiantil buscaba espacio por tratarse de una institución de disque mucha calidad. Por ello no resultó deslumbrante verla caminando en los pasillos con los cachetes de sonrisa que siempre la caracterizaron. Pasando los años, sus expresiones faciales evolucionaron de tal forma que ya no se mostraban en la sonrisa, más bien formaban una especie de mueca que también se trasladó hasta sus ojos, marcándole unos gestos que daban la impresión de rechazar todo, sin articular una sola palabra. Entonces ya no me parecía agradablemente conocida. Ahora era un maquillaje viviente mal aplicado, un rostro común, aburrido, de propaganda, que te sonríe con hipocresía. No era ni siquiera Samantha, su nombre no correspondía a su persona.

Y yo, trasladé su presencia al mismo plano que una lámpara de escritorio olvidándome por completo de sus ojos de rehilete...

Hasta éste, nuestro tercer reencuentro.

En vacaciones todos hacemos limpiezas generales de nuestras casas, y entonces no sé por qué se llaman vacaciones. Lo cierto es que en las limpiezas siempre se encuentra uno con cosas insólitas.

Mi padre, llevado por una especie de nostalgia, me mostró un álbum de fotos, el único que pudo recuperar de la casa de mi abuela cuando ésta fue subastada por una jauría de hermanos. Había imágenes de toda clase: bebés tomando un baño, niños vestidos a la moda retro anti estética y bodas. La boda de mi abuela. Tan ridículas que siempre me han parecido esas imágenes, los dos recién casados al centro, las damas de honor del lado de la novia, y sus equivalentes masculinos del lado del novio, perfectamente distribuidos como tablero de ajedrez, y es tan acertada la descripción, sobre todo por los colores monocromos de la fotografía. Recorrí las caras de los individuos. Eran sujetos extraños... Hasta que de pronto la familiaridad se apoderó de mi cuerpo, manifestada a través de un deja vu. Ya antes había estado en esa situación, ya antes había visto sus caras, pero lo que causó un mayor desequilibrio fue la sonrisa de una de las damas de honor, la muchacha más alegre de todas: ahí estaba, ella, con su sonrisa de margarita y sus ojos de rehilete.

Le pregunté a mi abuela quién era esa muchacha. Pero su memoria es inútil. No recordaba siquiera que esa era la foto de su propia boda.

No me imagino siquiera a dónde habrán ido a parar todos sus recuerdos. Pero eso ya no me quita el sueño... Admito que más me admira cómo es que Samantha no ha dejado de sorprenderme.

10.7.10

"kitsch posmoderno"

Pues...

Me invitaron a una mesa de lectura...

Y esto es lo que presenté...

Cabe mencionar que el escrito lo hice ese mismo día, y no lo acabé... Así que lo corté abruptamente jajaja...

Pero aquí se los muestro ya terminado :B


Una última nota... Les advierto, no es nada gracioso a menos que hayan visto El Verguillas y algunos otros videíllos disque populares en yutub... Y quizás ni así sea gracioso juaja...



Este escrito se lo dedico al Papa.

Les voy a narrar la experiencia del peor día de mi vida.

Esa mañana, no me acuerdo si era miércoles o era jueves, no me acuerdo wey, era entre semana... No tenía planeado nada asombroso, nada fuera de lo común, prometía ser sólo de Efukt y el hombre del desarmador, ya saben ¿no?, disfrutar del interné tran-qui-la-mente hasta que la peor desgracia de todas ocurrió. Una frase amenazaba el navegador y decía: "la página web no se puede mostrar". Y yo pensé: "oh mai gah! what is going on?" Pues nada, que no había internet. Así que apagué y encendí el módem, reinicié la computadora, borré el historial y las cookies y ni merga, nada dio resultado. Llamé al proveedor de servicios de internet y me preguntaron si ya había apagado y encendido el módem y reiniciado la computadora.

Cómo odio el servicio de internet de Telmex. Neta, a mí me vale verga, pero a ese pinchi slim le voy a cantar un tiro, me vale verga, me vale verga, así mero, me vale verga. Lo bueno es que yo sólo poleo con la gente que es mala, no con la que es buena, y el sujeto al otro lado de la bocina parecía ser bueno... También ella... La niña... Así que no tuve ánimos de ponerme a alegar. Al fin y al cabo no era ni su culpa. Ya como último recurso intenté manipular las fuerzas del internet porque, ¿saben? tengo poderes, con la mirada puedo apagar videocámaras. Pero creo que mi habilidad no funciona con el internet.

Total... Mi opinión es que en situaciones de tremento estrés, como ésa, lo mejor es cagar. Me empaqué el libro Vaquero y en el baño comencé mis actividades de recreación para los esfínteres.

¿Y el internet apá? Bien gracias.

Ya como último recurso se me ocurrió prender la televisión, pero admito que eso fue un error. Creo que no existe una tortura más grande que la programación matutina con sus canales de ventas, esas porquerías que te venden y que te hacen creer que no puedes vivir sin ellas... Es que miren, les diré el secreto de la vida, a la gente le vendes mierda y mierda compra. Entonces los de Televisa dijeron: "pos si la gente quiere mierda, mierda le damos". Hablando de comprar mierda esa mañana preferí mejor irme a comprar unas papas con chingos de salsa y nada mejor para complementar el coctel de gastritis que una cerveza oscura. En ayunas. La verdad es que taba hungry, taba hungry.

Encontrábame yo en el Oxxo cuando detrás de mí, en la fila, escuché la voz de un sujeto pedante, llevaba consigo tres celulares, sombrero de copa, esmoking y un bastón. Se parecía al bari del logo del monopoly pero con papada más grande. Y traía dos que parecían ser sus guardaespaldas, que en lugar de traer chalecos antibalas, llevaban puestos unos tablones con publicidad de Telcel... Total, un millonario cualquiera. El mamón el mamón. Terminé de reconocerlo cuando dijo: "no descansaré hasta que cada mexicano tenga un celular Telcel". Nooombre ps me valió verga, así mero, me valió verga y que me acerco y le digo: "heey yu morerfoquer, tiris nait tiris nait in november rain in juarez, dats in the morning". Y no me dijo nada el goey. Así que le digo: "ira ira, ven ven ven ven"... y ¡puuum! En la pinchi jeta al culeeero. Y el puto nomás decía: "yaa weeey, ya weeey". Y yo ¡pum pum pum pum! Al puto. Pero pos la neta fue muy poco lo que le pegué porque ahí estaban los guardaespaldas y me amarraron como puerco. ¿Qué les puedo decir? La verdad en los chingazos yo nomás la armo con la mierda.

Y pues ya, a partir de ese día fui una héroa nacional de ciudad Chihuahua. Subieron videos al yutub de mi ataque y neta, la raza se hacía playeras con mi cara y con mensajes para fomentar el amor a las matemáticas y a la física y neta, se hacía honor a grandes inventores como Einstein, que por si no sabían, es el wey que inventó el foco. Total, los mensajes decían:

Si:

E = mc2, donde E es igual a energía, m a masa y c está al cuadrado, eso significa que se multiplica por dos, eh? eh? nooombre, qué chingona soy.

Entonces:

Brenda = Poder

¿Ya vieron?, ¿ya vieron? PODER

Nooombre pos no, una chulada. Y la raza a veces decía puras calumnias, puras calumnias. Pero en realidad era porque me envidiaban.

Total, nomás duré encerrada como dos días en la cárcel, y yo adquirí mucha fama en ese tiempo, pero afortunadamente pude invocar al dios Eolo y éste me sacó de la cárcel en un carro último modelo, del 95, nooombre, casi del año...

Y me trajo de regreso a mi casa para descubrir que el Internet no había regresado...

Así que les publico esto desde un cibercafé...



FIN

21.5.08

El Bulto

No tengo mucha experiencia escribiendo, me considero de mente cerrada, me gusta lo breve y directo. Me da pereza interpretar cada vez que leo porque leer debe ser como ver la tele: algo así nada más, que durante unas horas o incluso días te gusta, lo recuerdas, se lo cuentas a todo el mundo y al rato se te olvida cómo acabó...

Total... Para una clase hice este cuento... Me encantó... Pero bueno, ése es sólo mi sencillo punto de vista...

El bulto.

Eran aproximadamente las 8:05 de la mañana cuando el médico llegó. Ya tenía una cantidad considerable de pacientes esperando, así que decidió pedir un café a su secretaria para despertar mejor.
Una vez que hubo regresado, se asomó por la puerta y la primera persona que llamó su atención fue un señor que estaba dormido en la sala de espera, cómodamente recargado en la silla, con la cabeza inclinada hacia atrás y la boca abierta. Tendría alrededor de 50 años, complexión robusta, cabello canoso y corto.

-¿Y ése qué? -preguntó el médico-. ¿Viene conmigo?
-No, quién sabe – responde la secretaria –, ya estaba sentado cuando llegué y no ha pasado a registrarse.
-Bueno, probablemente no viene conmigo. –Así dijo tranquilamente y comenzó a atender a los demás pacientes.

Pasaba el tiempo y el hombre continuaba descansando en el mismo lugar. Las enfermeras, pacientes y demás personas que pasaban por ahí lo observaban burlonamente. Algunos incluso hasta le tomaban fotos pero no hacían nada por despertarlo.
Se llegó la una de la tarde y el hombre aún no pasaba a registrarse. Aprovechando su hora de comida, los médicos platicaron sobre aquel extraño personaje.

-¿No se ha registrado con alguno de ustedes? – pregunta uno de los médicos.
-Pues conmigo no se anotó – respondió la mujer médico -. Ya casi acabé con mis pacientes y de los que faltan ninguno es hombre.
-Yo opino que mientras no se levante y se registre, a nosotros no nos corresponde atenderlo. Además se me hace que debe ser familiar de alguno de los pacientes.
-Tienes razón –opina un tercer médico-, que se quede dormido hasta que lo corran.

Algunos pacientes fueron con el vigilante del hospital y le pidieron que lo retirara, pero él respondía que al igual que ellos, también era un paciente y tenía el mismo derecho a permanecer en la sala de espera hasta ser atendido. La verdad era que nadie se atrevía a despertarlo pues, por su aspecto fornido y semblante duro, parecía que reaccionaría de manera agresiva al ser interrumpido su sueño.

La hora de salida llegó y los médicos se retiraron extrañados. Algunos se consolaron al pensar que no era un paciente, sino que sólo era el acompañante de algún familiar.

Los especialistas del turno vespertino repitieron la misma historia que los del matutino y ninguno se preocupó realmente por la situación. Era un día más en su trabajo y ahí estaba un señor dormido en la sala de espera.

Cuando todos se hubieron retirado, uno de los empleados que se dedica a retirar todos los desechos clínicos observó al señor dormido en la sala de espera, solo.

“¡Señor! ¡Ya está solo!”, le gritó, pero aquel individuo ni siquiera reaccionó. Se acercó y le estrujó despacio el hombro, tampoco obtuvo respuesta. Extrañamente se le ocurrió que podía agarrar su helada muñeca y tomarle el pulso. El sujeto estaba muerto.

El hombre que retiraba los desechos no supo cómo actuar ante esta situación, así que decidió dejarlo ahí hasta la mañana, pues al fin y al cabo alguien más se daría cuenta y lo llevaría al lugar adecuado.

Pero nunca nadie se percató de su estado difunto, sino hasta que un extraño hedor comenzó a emanar de su boca abierta.


FIN

7.5.08

La extraña historia de Julio Salamanca, el Cerebro...

O de cómo probé por primera vez la marihuana...


Tendría unos 12 años de edad y eran las primeras vacaciones que pasaba sola en el pueblo de Santa Bárbara. Jamás llegué a pensar que, por la temporada, serían unas de las más aburridas, o al menos eso era lo que se esperaba. Es decir, en un pueblo católico, en días de Semana Santa, donde los chavos andan en Pascuas Juveniles y pendejadas de esas, obvio que una rara como yo no tendría cabida en ese lugar.

Llevaba cuatro días vagando sola por el pueblo y nada parecía importarme. En aquella época no disfrutaba los bailes de rancho con cumbias, rancheras y demás géneros agropecuarios.

Llegó el día del Via Crucis, yo en mi estado de puberta rebelde y antirreligiosa decidí quedarme en un puente mientras los demás andaban de morbosos viendo cómo golpeaban al imitador de aquel jipi, al que conocen como Jesús.

Unos veinte minutos después apareció un tipo raro con gorra al revés y en una pantalonera de botones, como las que se usaban antes. Muy sonriente me dijo adiós con el ademán de 'amor y paz'. Se veía amable así que le sonreí. Pasó de largo y unos minutos después volvió a cruzar.

"¿Por qué tan sola?", preguntó.
"No pues... nomás, no quiero ir al Via Crucis, qué hueva", respondí.

Se sentó a platicar y a fumar un tabaco mientras me preguntaba cosas generales como mi edad, dónde vivía, nombre, etcétera etcétera etcétera. Nos fuimos a caminar por ahí, y con toda la confianza del mundo sacó un paquete de lo que, en aquel entonces, me pareció orégano.

-¿Te asustas? -preguntó.
-No... ¿Por qué?
-Pues nomás... ¿Vámonos al cerro?
-Órale

Así que allá, viendo toda la "ciudad" (porque a la gente no le gusta que Santa Bárbara sea llamado pueblo) fue que probé por primera vez la chistosita. Obviamente tosí demasiado, se me pusieron los ojos demasiado rojos y, como hasta ahora sucede, casi me moría del sueño.

Me contó sobre la panadería que tenían sus papás, la casa extraña de color morado que estaba ubicada en el centro del pueblo y de cómo sus hermanas siempre lo andaban hostigando para que se portara bien. Desde lejos señaló un graffiti que decía "cerebro" y, según me dijo, se había organizado un concurso de graffitis donde no había resultado ganador.

Nos pusimos de acuerdo para vernos esa noche y probar una pistola de postas creo, y golpearle a los botes. Típico entretenimiento para los ebrios de rancho.

Me encaminó a mi casa y ante los ojos sorprendidos de mi prima, me dijo: "nos vemos en la noche".

Ella, la santurrona, me regañó. Me dijo que era un marihuano, loco, 'volado', etcétera etcétera. Así que esa noche me sacó a pasear con sus amigas "uñas por dentro" y sólo pude ver de lejos a Julio Salamanca con la pesada mochila en su espalda.

A veces me escapaba y fumábamos, pasábamos el rato con sus amigos mala-influencia que generalmente estaban detenidos. Era tan extraño, los veías un día, desaparecían, y tres días después te los topabas con la misma ropa. Eso significaba que los habían encerrado. Lo más gacho es que, al ser menores, los padres pueden ir por ellos. Pero nunca nadie los reclamaba. Creo que varios de ellos actualmente ya están muertos. Ni pedo.

Esas vacaciones fueron muy extrañas. Y jamás, mientras visité Santa Bárbara, volví a ver al Cerebro.


Sin embargo, generalmente me lo topaba en los lugares más inesperados.

Cuando estaba en el bachilleres y tendría unos 16 años, estaba yo hable, hable, hable, hable y hable en la parada del camión y un muchacho me miraba fijamente. Nos subimos al mismo autobús donde nos tocó irnos juntos, de pie. Ahí fue donde me dijo que él era Julio Salamanca. Platicamos un rato, nos dimos los celulares y nos despedimos. Obviamente nunca le llamé.

Luego, una noche que fui a Futurama, quince minutos antes de que cerraran (11.45 aprox) me lo topé comprando un refresco de uva.

-¡Hey Julio! ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?
-¡hola que onda! Me vine a vivir con mi hermana por aquí... Ahorita me dio mucha sed y me vine a comprar este refresco... ¿Quieres?
-Claro!

Nos sentamos a compartir el refresco y a platicar un poco.


Y esa, fue la última vez que lo vi...

Tiempo después se topó a mi hermano en el baño de un antro y le preguntó por mí. Obviamente, mi hermano no le dio mi celular y jamás he vuelto a saber del tipo.

No sé por qué me acordé repentinamente de Julio Salamanca. No siento nada por él, nunca fue mi amigo y ni siquiera recuerdo su rostro. Supongo que hasta debe ser mi vecino y me mira todos los días por la ventana, pero yo ni siquiera lo noto.

Es una de esas personas de las que te acuerdas repentinamente, cuando andas en tus viajes. Así como ahorita que recordé al "loncheritas"... Pero esa, es otra historia...

Me pregunto dónde estará ahora, aunque lo más probable es que esté muerto, casado o en gringolandia... Como todos sus amigos...


Broadcast - Before we begin

26.3.08

Una lectura para antes de dormir...

Platero y yo, del escritor ganador del Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez, resulta uno de los relatos más conmovedores que jamás haya leído...

Sobre todo si quieres que alguien te lo cuente antes de dormir...


I.

PLATERO


Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto y se va por el prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándoals apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña... pero fuerte y seco como de piedra. Cuando paseo sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

-Tiene acero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.




Luego otro capítulo muy bonito, que es uno de los que más me conmovió...



XLIX.
EL PERRO SARNOSO


Venía, a veces, flaco y anhlante, a la casa del huerto. El pobre andaba siempre huído, acostumbrado a los gritos y a las pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba otra vez, en el sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El pobre perro, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia.

Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizá, daba largas razones no sabía a quién, indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado. Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban más reciamente en el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el campo aún de oro, sobre el perro muerto.


16.2.08

Donitas Espolvoreadas

Una vez más, había sido despedida de su empleo. Trabajaba en una fábrica de pan como empaquetadora de productos, sin embargo, debido a la deficiencia en la calidad de algunas donitas espolvoreadas, (babeadas por ella) fue echada de su cargo. Pero eso no era lo que incomodaba totalmente a los supervisores, en realidad su apariencia dejaba mucho qué desear.

Su piel era de un tono amarillento, pálida, enorme, deforme, grotesca y llena de escamas. Pobre, no era su culpa, así había nacido. El estómago de un tipo con resaca la parió a través de un eructo.

Desgraciadamente, su personalidad también era difícil. Solía tener una actitud apática hacia el trabajo, era impaciente, nerviosa y amargada. A sus compañeros les solía crear una especie de frustración y desesperación. Nadie se juntaba ya con ella a la hora del almuerzo.

Así que, ahí estaba, el Hambre, a un lado de la banqueta. Sintió un vacío dentro de su estómago pero al no tener dinero, no podía comprar esas donitas blancas que tanto le agradaban. Sus referencias de empleo siempre eran malas y en ningún lugar la contrataban. La corrieron de la casa que alquilaba y se fue a vagar sin rumbo por las calles, cuando de pronto un tipo obeso se topó con ella, y a pesar de que ella era tan fea, le hizo una propuesta indecorosa que, por necesidad, se vio obligada a aceptar.

Vivió dentro del cuerpo de aquel hombre durante mucho tiempo. Éste la trataba bien porque, a pesar de su apariencia y sus actitudes, sentía un cariño sincero por ella y a su vez lo hacía feliz, le otorgaba el placer que estuvo esperando durante mucho tiempo, así que se dedicó a satisfacerla con toda clase de comida, además, las deliciosas donitas espolvoreadas que tanto adoraba, pasaron a formar uno de los gustos preferidos también del obeso.

Sin embargo, al conocer el gran poder que podía ejercer sobre las personas, dejó al hombre en un arranque de promiscuidad. Sintió la necesidad de estar dentro de otros estómagos ya que, según ella, con todos era una historia nueva, algo diferente. Y en efecto, su poder es grandioso, incluso aquellos que no se encuentran en posibilidades de satisfacerla, hacen luego hasta lo imposible por saciar al Hambre. Eso les gusta. A ella también. Fin.





Closer - Nine Inch Nails

15.9.07

un cuento más o menos decente

Para variar

A veces nuestras vidas suelen ser tan rutinarias que cada día parece sólo una pequeña variación del anterior. Así, día tras día, transcurre sin alteraciones la vida. Para variar decidí llamar a un amigo que de pronto dejó de serlo.

Los motivos que nos obligaron a distanciarnos fueron demasiados, muy complejos y ciertamente tristes, sin embargo ocurrieron hace tanto tiempo que actualmente resultan confusos. Siempre que deseo hacer el intento por revivir la relación entre viejas amistades, me dirijo a un diario para recordar el por qué dejamos de hablar. Tuve la tentación de acudir al registro esta vez, pero decidí evitarlo y olvidar los rencores. Sólo para variar.

Vacilé durante media hora antes de marcar su número. Pensé que lo había borrado pues durante más de tres años estorbaba en mi celular. Tomé un cuaderno para anotar lo que le diría, había pasado mucho tiempo... De acuerdo, no ha pasado tanto, en realidad lo veo todos los días, nuestras miradas se cruzan pero jamás nuestras palabras, ni siquiera por cortesía.

En cierta ocasión durante una fiesta él hizo el intento de hablar conmigo. No era el mejor momento. Me preguntó por qué había dejado de hablarle, sólo respondí: “porque sí”. Jamás volvimos a cruzar palabra.

Así que justamente hoy, aunque se escuche un poco cruel, he decidido hablarle para completar una tarea que implica salir de la rutina, o eso es lo que quisiera creer. A veces necesitamos pretextos para este tipo de situaciones que involucran al orgullo, para no sentirnos tan vulnerables.

Todo esto pensaba mientras veía su número reflejado en la pantalla del celular. Respiré profundo, puse música y me relajé. Me preparé para preguntar por él en caso de que contestara la hermana, la mamá, él o incluso el buzón de voz.

“¿Qué pasa si no está?”, me pregunté “Ni modo… ¿Y qué pasa si está? Le digo: hola, soy B… ¿sí sabes cuál? Sólo llamaba para decir hola y platicar… Sí, así, hablaremos de aquí a las 9:30 y le contaré algunas cosas nuevas que he hecho, hablaremos un poco de cómo está, la escuela y temas generales, luego le propondré hablar en persona. ¡Sí!, ya todo está bien.

Marqué a su casa y contestó su mamá, tan amable como siempre.
-¿Bueno?
-Buenas noches –le dije- ¿se encuentra A…?
-No, no se encuentra, sabes que se acaba de ir a ensayar y ya regresa muy noche, si gustas llámale al celular. ¿Quién le llama?
-Le habla B... Mmm… Es que, no tengo su número de celular, mejor déle el recado.
-¡Ah!, ahí te paso el celular. Espera un momento que no me lo sé… Listo, es el tal, tal.
-Muy bien, ¡muchas gracias! Hasta luego

“Estas cosas siempre resultan así, nunca como se les planea”, pensé. Ahora tuve que marcar al celular.

-¿Bueno? –contestó él-.
-Hola
-¡Hola!
-Habla B…
-¿Cuál Adriana? – confundió mi nombre –
-Eh… No, habla B…
-Ah –cambió su tono de voz, a uno más serio- qué onda.
-¿Sí sabes cuál B…?
-Sí, ¿y ese milagro?
-Pues… Ya ves… Sólo llamé para decirte hola.
-¡Hola! –exclamó él mientras se reía-.
-¡Hola! –reí junto con él-.

Luego hubo una breve pausa, en una fracción de segundo comencé a pensar en algunos momentos que pasé junto a él, también pensé que el orgullo no es más que un estorbo. Decidí hacerlo a un lado para recuperar esa vieja amistad.
-Seamos amigos otra vez – le expresé sinceramente.
-Nunca dejamos de ser amigos. Pero igual me da mucho gusto que hablemos nuevamente.

Fue una plática breve pero emotiva. Quedamos en vernos al día siguiente a las 3 de la tarde en la entrada de la escuela. Todo pintaba bien, algo nuevo habría de ocurrir y además de eso, recuperaría una amistad. Realmente había valido la pena salir de la rutina.

La siguiente tarde llegué a las 3:00 p.m. Mi amigo no solía demorarse, así que decidí ser también puntual. Llevé un cuaderno para relatar lo sucedido mientras esperaba. Pasaron diez minutos y aún no se presentaba. Comencé a preocuparme a los veinte y a la media hora fui perdiendo la esperanza.

Llegó la hora de ingresar al salón, esperé unos minutos más. “Quizás equivoqué la hora, quizás la equivocó él, pudo haber tenido un accidente, se le ponchó la llanta al tren” Pensé tratando de justificar las circunstancias. No lo vi el resto de la tarde. Le llamé al celular pero nadie contestó. Mi semblante cambió, dejé de sentir tristeza y preferí tomar una actitud de indiferencia, si al día siguiente me habla, cualquier pretexto que invente no será válido y ya no tendrá importancia. Dicen que los errores de los amigos se deben escribir en la arena… Dicen.

“Pues qué mal, tal vez debí recordar por qué dejamos de hablarnos”, pensé. Tomé un cuaderno, anoté la fecha y la frase “Hoy A… me dejó plantada”.